CUENTO "VACACIONES"

Un par de Haikus
El sol se marcha
dónde pasa sus noches
el sol retorna.

Joven guerrero
han roto ya tu espada
combate eterno.

Lluvia de flechas
mira, el sol nos deslumbra
caen, caen, sin fin.

Beso sin freno
humedad de la lluvia
y de los cuerpos.

Cierra tus ojos
unimos las querencias
entre recuerdos.

Entre tus piernas
unimos las miradas
las noches nuestras.

Azul nocturno
manos entretejidas
lazando sueños.

Alazán Lucero
“galopa caballo cuatralbo” - Rafael Alberti

El viento es correr
correr correr correr
alazán lucero
no pares de galopar
no hay donde reposar
corriendo el sendero
lucero del alba
alazán que anda.

La lluvia es recordar
recordar, recordar, recordar
alazán lucero
anda el pasado
contigo a tu paso
recordando el sendero
lucero de infancia
alazán de confianza.

El tiempo es buscar
buscar, buscar, buscar
alazán lucero
un día has de recordar
para volver a indagar
buscando el sendero
lucero en la frente
alazán valiente.

Viento, lluvia, tiempo
aire, agua, todo
alazán lucero
corre tras el viento
buscador eterno
no olvides el sendero
lucero somos
alazán, unidos.

Distancias
Pon mucha atención, escucha lo que dicen estas líneas, son para ti, son tuyas, son poquitas, aquí comienzan allá terminan, se trata de una costumbre antigua, primero hay que buscar una pareja, un palomo y una paloma, construirles un hogar, sus crías encontraran la vida ahí, entonces , hay que sacarlas a pasear diario agregar un poco de tiempo y listo, siempre encontrarán el camino de regreso a su hogar, al lugar donde conocieron la vida, sabrán volver, esa es la importancia de saber volar.
22 de Septiembre 2013.
Puente Grande Jalisco. Enrique.

El viejo y el mar
Pienso desde esta cárcel en el esfuerzo de aquel viejo en su lucha contra la inmensidad, la mar que lo puede todo y él, que sólo puede no rendirse, aunque no rendirse es también, de algún modo, poderlo todo, fracasa al llevar el pez espada hasta la costa pero vence en volver luchando, así lo miro desde esta cárcel.
Septiembre 2013

Por: Enrique
A ella, la familia, los amigos.
“También está la mentira del fuego que purifica,
aunque nadie sale nunca purificado del infierno”
Elizabeth Flores

Era una noche de lluvia, el pequeño Matías entró en la central camionera de mano de su abuelo, todos andaban con sus propias prisas parecían saber a donde iban, él, en cambio, apretaba la mano que lo guiaba entre piernas, faldas, maletas, diablitos y demás obstáculos, todo un laberinto de formas y ruidos. De pronto la mano se detuvo y Matías chocó contra la pierna del abuelo, tenía sueño, sus ojos grandes y rojos le daban comezón, observó un perro negro y flaco que apurado intentaba salir de aquel laberinto humano, se sintió seguro de mano del abuelo, un vagabundo pateaba una lata de refresco sin importarle nada, recordó entonces las cascaritas con sus amigos, la próxima sería el gol del triunfo, sintió el jalón del abuelo y dos pasos más.
Estaba aburrido y cansado, comenzó a sentir ganas de orinar la temblorina lo delataba, había esperado como nunca estas vacaciones, aprendió que toda espera es eterna, faltaba poco. Otro jalón de la mano y unos pasos, escuchó al abuelo decir sus nombres y apellidos, recordó a su maestra pasando lista, tiró de la mano porque quería ir al baño pero el abuelo no volteo, volvió a tirar y no hubo respuesta, por qué los adultos eran tan mal educados. El vagabundo se había sentado y parecía dormir, recordó que tenía sueño, vio llegar a dos hombres que gritaban al vagabundo, parecían policías, nunca le había parecido malo dormir pero su maestra también los regañaba si se quedaban dormidos en clase, sintió al abuelo y lo siguió, por fin avanzaban rápido.

-Pasaremos al baño antes, el camino es largo –dijo el abuelo.
Matías afirmó con la cabeza y apuró el paso. Al salir de los sanitarios avanzaron a toda prisa entre aquel movido laberinto, tropezó pero la mano fuerte del abuelo evitó que cayera, pudo ver detrás de los vidrios los camiones parados, cómo sabía el abuelo en cual subirse.
Al llegar a la puerta el abuelo entregó los boletos y se quitó la mochila, al salir le devolvieron la mochila. Todo se confundía entre sueños, camiones, el abuelo, el rostro de su padre, la noche y sus luces, su padre y sus sueños.
No recordaba como se había subido al camión, pero al voltear y ver al abuelo sentado a un lado se sintió seguro, había amanecido, por la ventana pudo ver la carretera larga y sin fin, a lo lejos en el horizonte unas pequeñas casas, quién viviría en ellas, cómo llegar al horizonte. Mirando y no la carretera recordó la última vez que fue al parque con el abuelo, pasaron por la pequeña feria que se instalaba los domingos en una esquina, nunca le habían gustado los juegos mecánicos lo que al él realimente le divertía era jugar a las caminas, el juego era sencillo, había que lanzar las canicas en unos orificios que tenían marcados diferentes puntos, al final sumar los puntos y elegir que coincidieran con el puntaje. Al pasar frente al puesto de canicas Matías frenó su paso y jaló la mano del abuelo que fingió no darse cuenta del discreto llamado.
-¿Podemos ir a las canicas? -preguntó insistiendo Matías.
-Si me da… te llevo –contestó jugando el abuelo mientras seguía caminando.
-Si te da me llevas, pero –hizo una pausa y remató- ¿si no te da?
-Si me da te llevo y si no me da no te llevo – exclamó entre risas el abuelo mientras regresaban al puesto de canicas.

De pronto pensó que debía prestar atención al camino, tenía que memorizarlo como las tablas de multiplicar, al final se encontraba su padre, tenía meses de no verlo, él sabía que las cosas estaban mal podía sentirlo en sus abuelos, además ya eran vacaciones y su padre, decían, seguía trabajando, él nunca trabajaba en vacaciones. Otra vez se había distraído, se molestó con él mismo y trató de leer un letrero a orillas de la carretera.
- Ya estás despierto – aseguró el abuelo volteando a verlo.
- ¿Cuánto falta? – preguntó sin dejar de mirar la carretera.
- Falta menos
- ¿Menos cuánto?
- Menos
- El letrero decía veinte
- Veinte Kilómetros
- ¿Veinte son muchos?
- No, son pocos
- ¿Cuántos llevamos?
- Muchos Matías, muchos, como cuatrocientos
- Cuatrocientos son muchos – dijo suspirando Matías, con la vista clavada en el paisaje, se sentía tan lejos que pensó nunca aprendería a llegar a aquella lejanía.
- Ya mero llegamos ¿tienes hambre?
Matías negó con la cabeza
- ¿Quieres ir al baño?
- Sí
- Aguanta un poco, ya mero llegamos.
Ahora le parecía más largo aquel camino que todos los meses de espera, el paisaje cambió de golpe, se miraban casas por todos lados y algunas personas caminaban sin muchos ánimos, aquella luz mañanera le recordaba el camino al colegio siempre con sueño, pero ahora la emoción lo mantenía muy despierto.
El camión entró en la terminal y se estacionó, como resorte Matías se puso de pie, el abuelo esperó que bajaran algunos pasajeros para levantarse, tomó la maleta y bajaron juntos. El abuelo caminaba con prisa, sabía que iban justos de tiempo, otra vez en aquel laberinto de piernas y maletas.
Matías hizo esfuerzos y brincos por no perder la mano del abuelo, sin embargo, no pudo evitar chocar un par de veces y alguno que otro grito. Pasaron rápido al baño y continuaron la carrera, aprendió que la vida anda de prisa, pero no dice a dónde va.
Una vez fuera de la central camionera se dirigieron hasta una esquina para subirse a un camión con la leyenda “ando volando bajo”. El abuelo siempre sabía como llegar a donde había que. En una esquina incierta para el pequeño Matías dejaron aquel camión que decía volar bajo y tomaron otro donde José José cantaba a dueto con el chofer: “que triste todos dicen que soy… no saben que pensando en tu amooor, he podiiido ayudarme a vivir”. Había sido un largo viaje, meses esperando aquel día de vacaciones, Matías no terminaba de convencerse, por qué razón su padre se marchó sin despedirse dejando tantas promesas incumplidas y un huequito en el pecho, los abuelos decían que estaba trabajando, que pronto volvería, pero ¿qué era pronto para los adultos? Todos decían pronto y parecían que nadie se daba cuenta que hace tiempo que fue pronto y nada. Sin embargo, él tenía un plan, convencer a su padre de regresar a casa, le prometería las mejores calificaciones y ninguna queja de conducta, si le faltaba mucho trabajo entre los tres podrían terminarlo rápido o podía también renunciar, estaba decidido a que regresaran los tres. Bajaron de aquel camión donde el chofer cantaba apasionadamente.
- Llegamos – dijo el abuelo.
Aquel lugar no era como lo imaginó en numerosos años, era un monstruo de grandes muros, insípidos, tristes, sintió ganas de regresar, tenía miedo pero quería ver a su padre, aprendió que uno puede querer y no querer. Conforme se acercaban al monstruo se hacía cada vez más grande, parecía querer devorarlos, y quería devorarlos. Era un lugar horrible, no le quedaba la menor duda, ojalá pudiera convencer a su padre de irse, iban con aquella pequeña esperanza, después de todo siempre lograba convencerlo. Tuvieron que pasar varias puertas con policías, el abuelo mostraba unos papeles y decía sus nombres, su corazón latía fuerte, pronto vería a su padre pero no quería estar ahí. Hicieron fila con otras personas, Matías pudo ver otros niños, formados, no parecían muy contentos, la alegría de las vacaciones no existía para ellos, pensó que todo era un sueño que pronto despertaría en casa, pero no pudo despertar de aquella realidad. Avanzaron poco a poco hasta otro cuarto.
- Procedan – les dijo un guardia.
- Has lo mismo que yo – dijo el abuelo volteando a verlo mientras le soltaba la mano.
Matías escuchó claramente las palabras pero se quedó inmóvil al ver que el abuelo se bajaban los pantalones y luego los calzones.
- Bájate los pantalones – le dijo el mismo guardia con voz seca y dura.
- No quiero – Contestó Matías con voz baja pero firme, recordó los consejos familiares de que nunca debía desvestirse frente a extraños, además no quería por qué.
- Has caso hijo, luego te explico – intervino el abuelo con voz dulce y poniendo su mano en el hombro del pequeño cada vez más impresionado.
Matías se levantó la playera luego bajó sus pantalones y sus calzones, se sintió avergonzado, hizo tres sentadillas como en su clase de deportes y volvió a vestirse, siguió imitando al abuelo, se quitó un zapato y luego su calcetín, los volvió a colocar e hizo lo mismo con su otro pie. Se sentía maltratado, él no siempre se portaba bien pero sólo quería ver a su padre. Tomó la mano del abuelo y la apretó fuerte, estaba nervioso le sudaban sus manos. Avanzaron por un pasillo hasta un pequeño cuarto con sillas y una mesa. Sentado como una ilusión; era una ilusión, estaba su padre; por fin, la imagen lo impactó unos instantes, sin pelo ni barba se veía triste pero sonriente, sintió un ligero jalón de manos del abuelo y se acercó veloz a los brazos de aquel hombre, por un momento lo olvidó todo y comenzó a llorar, no quería hacerlo pero no pudo evitarlo.
- Mira que grande estás y fuerte – aseguró su padre mientras el limpiaba las lágrimas de los cachetes.
- Sí – contestó Matías.
- ¿Cómo terminaste la escuela?
- Bien.
- ¿Y en conducta?
- Más o menos.
- ¿Más o menos? – preguntó su padre mientras sonreía.
- Sí… más o menos – respondió la sonrisa.
- Debes obedecer a los abuelos en mi ausencia; travieso, y debes cuidar a la abuela ¿me entiendes?
- Sí – contestó mirando a los ojos de su padre - ¿trabajas mucho aquí?
- Algo hijo, algo.
- ¿A que hora te despiertas?
- A las seis.
- ¿A esa hora trabajas?
- A esa hora paso lista.
- ¿Cómo en mi escuela?
- Igualito.
- ¿Dónde duermes?
- Arriba tengo mi cuarto.
- ¿Puedo verlo?
- No hijo, eso no se puede.
- ¿Porqué estás en la cárcel?
La pregunta sorprendió y no a su padre, después de todo su hijo era muy listo, y aunque habían procurado no decirle nada sobre el arresto y la prisión, Matías, como todo niño, entendía más de lo que sabía.
- Por una injusticia hijo, ¿te acuerdas cuando el maestro le pegó con la regla a Paco?
- Sí, yo le dije que no podía pegarle.
- Así fue, entonces ¿qué pasó?
- Me castigaron sin recreo una semana.
- Eso fue una injusticia, esto es una injusticia.
- ¿Estás castigado?
- Sí.
- ¿Y la justicia?
- ¿Volviste al recreo después de aquella semana?
- Sí.
- ¿Lo ves? Al final se hiso justicia.
- ¿Irás a casa en una semana?
- No, mi castigo durará un poco más pero volveré con ustedes pronto. Te lo prometo.
- ¿Cuándo es pronto?
- No sabemos Matías, pero todo va a estar bien insistió su padre con una sonrisa algo nostálgica.
- Ven con nosotros.
- Hoy no es posible pero te llevaré a ver las luchas en cuanto resolvamos esto.
- ¿Siempre gana la justicia?
Su padre sabía que el mundo no era un lugar justo, que las guerras no eran crímenos sino negocios, que el hombre era una estadística, que había tantas cosas al revés. Intentó contestar lo que su hijo necesitaba oír sin dejar de ser sincero.
- Así será – abrazó fuerte al pequeño Matías y lo besó en su cabeza tres veces –así será hijo – repitió la respuesta que ambos necesitaban oír.
El abuelo permanecía callado mirándolos atentamente, por un momento el tiempo se detuvo para él, sintió la impotencia de no poder resolver ahora las cosas.
- Papá.
- ¿Qué?
- ¿Te cuento un chiste?
- Cuéntalo.
- ¿Qué hace batman en la cocina?
- ¿En la cocina?, no sé.
- Un batilicuado.
- Ah, claro.
- ¿Y qué hace batman en el baño?
- … no sé, me doy.
- Un batidillo.
Los tres rieron juntos. La alegría es una loca de atar, suele colocarse en lugares inesperados aunque sea por instantes. La plática abarcó un poco de todo, las cascaritas, el colegio, la abuela, los recuerdos, el abogado y demás. La espera fue larga, la visita fue breve, el fin de aquel encuentro los sorprendió abrazados los tres.
Matías salió de la mano del abuelo, dejaban atrás el monstruo triste donde vivía su padre, vio salir otros de los niños que entraron con ellos también sin sus padres ¿cuándo ganaría la justicia? ¿Cuándo sería pronto? Aprendió, también, que el mundo era injusto con él sin importar que tan justo o injusto fuera el mundo.